Juntos hacemos más seguros tus medicamentos

Autor: Farmakoteralia (página 2 de 3)

¿SE PUEDE ACOMPAÑAR A LA PERSONA QUE SUFRE?

Foto de Sasin Tipchay en Pixabay

Para poder responder a esta pregunta lo primero que se necesita es delimitar lo que se entiende por sufrimiento, y diremos que es la forma en la que se integra el dolor. Se trata por tanto de un proceso subjetivo, que cambia de persona en persona e incluso puede estar condicionado por los diferentes momentos que vive la persona que sufre.

El resultado es un estado multidimensional donde se mezclan ingredientes físicos, psicológicos y existenciales, que se influyen entre ellos generando un profundo malestar. En los casos más extremos implicará incluso la renuncia a seguir viviendo.

Se han buscado elementos que pueden influir en su desarrollo y se han encontrado factores que aparecen con más frecuencia. Se considera que la intensidad de la amenaza percibida sobre la integridad, la falta de predictibilidad y la indefensión son circunstancias que facilitarían la aparición del sufrimiento.

Por otro lado, aproximarse a la persona que sufre no resulta fácil, el miedo al contagio emocional, la evitación del contacto con el dolor y la sensación de que no se posee la capacidad de dar consuelo levanta una barrera aparentemente infranqueable. Ante ello se responde con la huida o con la búsqueda de soluciones que no existen con el fin de calmar nuestra propia ansiedad.

Pero afortunadamente existen alternativas, sí que podemos acompañar a la persona que sufre….

Una de las acciones tiene que ver con la atención de sus necesidades según las prioridades que la propia persona establece. La importancia de unos síntomas o de las dificultades asociadas a ellos no es siempre la misma, y por supuesto no tiene por qué ajustarse a las creencias de la persona que acompaña. A continuación, de forma realista, llegará el momento de ocuparse de las ayudas prácticas que pueden contribuir a aliviar el peso de aquellas circunstancias sobre las que se pueda intervenir.

En otros casos la acción estará muy limitada y la acción se dirigirá a que la persona afectada introduzca cambios en la actitud con la que se abordan las dificultades y se aprovechan las oportunidades. De fondo se buscará la percepción de control, de que no hay una renuncia a la acción.

Es importante reconocer las causalidades, incorporar el momento que se vive inserto en una línea de tiempo donde quepa la comprensión y la predictibilidad, siempre evidenciando que la persona que sufre es un agente activo en el proceso que vive.

Y de fondo la escucha comprometida, que dé protagonismo a la persona atendida, que explore y valide su experiencia emocional, que facilite la autocomprensión y la toma de decisiones. Por sí sola, esta escucha ya respondería a la pregunta con la que se introduce este texto y justificaría mirar de frente al sufrimiento.

«En Farmakoteralia te acompañamos al usar tus medicamentos conscientes de tu experiencia emocional, escuchándote comprometidamente para confrontar (enfrentar) juntos el sufrimiento que puedas estar viviendo».

QUÉ EMPEÑO ESE DE TRATAR LA HIPERTENSIÓN CON ANTIHIPERTENSIVOS

Imagen de Jerzy Górecki en Pixabay

Amparo tiene ochenta años y su tensión arterial está disparada, no hay manera de bajarla. Su médica está desesperada, otra forma de dispararse. Le ha cambiado muchas veces el tratamiento, pero no le funciona. Nada le funciona…

Ah, una cosa, se me olvidaba. Amparo perdió a su marido hace un par de años y ahora, lo que ha comenzado a perder es la memoria. Claro, lo normal, a esa edad pasa mucho, que la cabeza ya no esté donde tenía que estar. Y perder a su marido, vivir sola cuando siempre vivió acompañada, es algo muy duro. Le ha pasado ha mucha gente, todos conocemos algún caso parecido. Y sus hijas…

Sus hijas apenas pueden estar. Una, nada, porque vive en una ciudad que está a 800 km. Allí tiene su trabajo, su familia… su vida. A la otra, en cambio, sí que la tiene más cerca. Relativamente, porque su barrio está muy lejos. Compró un apartamento donde se lo pudo permitir, en el extrarradio, un buen lugar, moderno y funcional, pero mal comunicado con la casa de su madre. Y, encima, su trabajo de maestra le ocupa gran parte del tiempo. Y ahora, con esto de la pandemia todo es más difícil. Va a verla casi todas las tardes, pero a veces no puede.

La quetiapina fue la solución para su médica. Qué va a hacer la pobre, si no la puede ver, si todo tiene que ser por teléfono. Si la pobre Amparo se lía con el teléfono, si a su edad hay muchos, muchos ancianos tomando quetiapina para que no se alteren más de la cuenta. Dos veces al día, además. Y el lorazepam para que descanse, por si la quetiapina no es suficiente para que se quede tranquila. Pero lo de la tensión… ay, lo de la tensión. ¿Cómo controlar la tensión, con esos nervios que tiene, que nada más que se levanta se pone a llorar y no sabe ni donde tiene el pañuelo?

***

Cuántas Amparos conocen ustedes. A cuántas Amparos las dejamos desamparadas en medio de la pandemia, y mucho antes también, porque no todo lo que sucede es responsabilidad del coronavirus que nos invadió. Mujeres, sobre todo, y también hombres con una o varias pastillas como único cuidado. Pastillas low-cost, o incluso gratis, gracias a la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado que solo sirven para mitigar nuestros remordimientos. Una eutanasia de baja intensidad promovida por una sistema sanitario que únicamente ofrece pastillas y más pastillas a nuestros males. A unos males que quizás podrían aliviarse de otro modo. De un modo más humano, sin tener que acudir a medicalizar la soledad.

Juntos podemos hacer más seguros tus medicamentos. Juntos podemos aliviar tu sufrimiento.

Cambios terapéuticos en el estilo de vida: Hipertrigliceridemia

La hipertrigliceridemia es una anomalía lipídica muy común, y antes de empezar cualquier tratamiento farmacológico es esencial promover, dentro de un enfoque multifactorial, cambios terapéuticos en los estilos de vida, para poder corregir los factores modificables que desencadenan o agravan su causa.

El objetivo del tratamiento farmacológico debe ir  enfocado a reducir el riesgo de pancreatitis en pacientes con hipertrigliceridemia grave y el de enfermedad cardiovascular en los que presentan hipertrigliceridemia moderada.

Las causas más frecuentes de la hipertrigliceridemia secundaria incluyen:

  • Estilos de vida como el consumo de alcohol, una dieta con elevado porcentaje en ácidos grasos saturados, azúcares refinados y exceso calórico, la baja actividad física y el tabaquismo.
  • Condiciones clínicas como obesidad y síndrome metabólico, diabetes mal controlada, hipotiroidismo, síndrome nefrótico o embarazo.
  • Medicamentos que producen elevación leve o moderada como los diuréticos tiazídicos, β-bloqueantes no selectivos (metoprolol, atenolol y propranolol), neurolépticos (olanzapina y clozapina)  y glucocorticoides. Los estrógenos orales, tamoxifeno, raloxifeno y clomifeno, isotetrinoína, ciclosporina, inhibidores de la proteasa e interferones producen elevación severa.

Antes de iniciar un tratamiento farmacológico, tanto en las hipertigliceridemias severas como en las moderadas, se deberían abordar los CTEV, como la suspensión del alcohol, la pérdida de peso, la práctica de ejercicio regular y el consejo dietético (disminución de azúcares simples, fructosa y grasas saturadas y aumento del el consumo de fibra y grasas mono y poliinsaturadas).

También se tendrá en cuenta la consecución de los objetivos terapéuticos de las condiciones clínicas subyacentes y la optimización del tratamiento farmacológico para disminuir el uso de aquellos medicamentos que incrementen los valores de triglicéridos.

Fuente:

*Simha V. Management of hypertriglyceridemia. BMJ. 12 de octubre de 2020;371:m3109.

MAL- TRATAMIENTOS

El uso de la palabra tratamiento para denominar a los medicamentos hace pensar que hoy, en el Día Mundial de la Mujer, existen muchas formas sofisticadas de maltrato. Posiblemente no tenga por qué llamarlo violencia sino a “tratar mal” a otro ser. Usar una medicación que perjudica, o que alguien recomiende a otra persona un tratamiento nocivo sin pretender verdaderamente un beneficio, es una forma de mal-tratar.

A las mujeres hace tiempo que se las viene mal-tratando de diversas formas, pero reflexionando respecto a la relación entre maltrato social y enfermedad resuena aquel diagnóstico de “histeria” que recibían las mujeres cuando tenían diversos síntomas relacionados con el nerviosismo y la irritabilidad. Aquellos diagnósticos incluían una amplia gama de manifestaciones como dolores de cabeza, espasmos musculares, convulsiones, insomnio y cualquier excitación nerviosa propia de las mujeres, de las mujeres problemáticas e incómodas, claro. La psiquiatría ha contribuido a llamar trastornos disociativos a lo que antiguamente se agrupaba bajo la connotación de histeria, sin embargo, las mujeres deben ser conscientes de que en el imaginario colectivo aún quedan reminiscencias de esta idea de lo femenino y su expresión histérica cuando no se las puede controlar.

Y aunque ahora se denomine de formas menos estigmatizadoras y más específicas, hay muchas formas de violencia contra las mujeres que se originan en la incapacidad de controlarlas y que buscan acallar su voz, su fuerza, sus emociones, su sororidad o cualquiera de sus expresiones y demandas ante las injusticias.

En este mundo medicalizado y medicamentalizado, también los medicamentos callan la boca a las mujeres, les quitan la fuerza, anulan sus emociones y promueven tratar su miedo a perder el control, y así autorregular lo que les incomoda a otros.

¿Cuántas mujeres han sido silenciadas con ansiolíticos cuando han querido defenderse de sus agresores? ¿Cuántas mujeres han visto secar sus lágrimas con antidepresivos para no llorar los duelos que tenían que llorar?  ¿Cuántas mujeres han sido mal-tratadas de un problema cardiaco por el prejuicio de aquellos que las tratan como si fuera más bien una crisis de ansiedad? ¿Cuántas mujeres han confinado sus emociones a través de las pastillitas para no incomodar a los demás?

Hay mal-tratamientos que aíslan socialmente, hay mal-tratamientos que estigmatizan, hay mal-tratamientos que confunden las emociones de las mujeres con problemas de salud mental, hay mal-tratamientos que reducen la autonomía y la autoestima, hay mal-tratamientos que llevan a justificar reacciones abusivas, hay mal-tratamientos que empobrecen, y nos empobrecen a todos, hombres y mujeres al sustraer a las mujeres su riqueza emocional.

Nuestra sociedad no solo violenta a las mujeres con el uso intencional de la fuerza. Conforme más se empoderan, más alternativas sofisticadas encuentra para contenerlas. No solo hay contenciones físicas, hay contenciones farmacológicas que deberíamos ser capaces de cuestionar.

HOUSTON

Hay días, como hoy, en que realmente nuestra alma de profesionales de la salud sonríe: resuelves el problema a una persona, tienes buena conjunción con el resto del equipo que la atiende…

Sin embargo, al final de la jornada laboral, esa primitiva sensación de satisfacción sufre un revés: casi las 2/3 partes de las personas a las que hemos atendido toman fármacos antidepresivos y/o ansiolítico/sedantes. Y en más de la mitad de los casos, por periodos superiores a los 2 años… Es por eso por lo que recordamos aquella famosa frase del astronauta Jack Swigert durante lal accidentada misión del Apolo 13:

Houston: ¡Tenemos un problema!

Conocido es el escándalo de los opioides en EEUU, y aquí, que posiblemente vayamos por el mismo camino con estas drogas, estamos viendo la paja en el ojo ajeno.

En nuestro país tenemos, una sobreprescripción, mucho más antigua, y muy anterior a la pandemia COVID. Hace más de 20 años que los grupos farmacológicos antes nombrados, antidepresivos y ansiolítico/sedantes, han escalado progresivamente puestos en el ranking de los más prescritos/dispensados, hecho auspiciado, para mayor gravedad, por las guías de práctica clínica en las que ya hace años, entre otras, se han introducido con impune naturalidad los llamados “antipsicóticos atípicos”…

Tenemos un problema

Desde el bautizo del Prozac como la “píldora de la felicidad”, se ha sobredimensionado el poder de estos medicamentos y su alcance en problemas que mayoritariamente no soluciona, pero sí tapa, y, generan otros relacionados exclusivamente con su uso.

Muchos de las situaciones para las que se prescriben (duelo, soledad, desamor…) requieren ser afrontadas, asumidas e invertir para ello un tiempo, un esfuerzo y recursos de otro tipo, fundamentalmente psicológicos y sociales. Pero nuestra sociedad no estimula el esfuerzo, en ella prima la comodidad, y la inmediatez, y, tomar la pastillita ¡¡¡ es tan fácil…!!!

Nuestros gobernantes, deudores con la todopoderosa industria farmacéutica, no lo ven o no quieren verlo, al fin y al cabo, el medicamento es, particularmente en España, el recurso más barato y el propiciar su uso, la gran excusa para no realizar inversiones en lo social y, por qué no decirlo, en lo “humanístico”

Tenemos un problema

La situación COVID no ha hecho más que sacar a la luz varios problemas preexistentes y este es uno de ellos.

Por eso, la noticia de Europa Press titulada “Incremento en el uso de medicamentos para el sistema nervioso se duplicó durante la pandemia” no es inesperada, porque el campo ya estaba abonado, y, aunque nadie duda de que esta anómala situación pandémica ha trastocado todo, este problema sólo se ha reagudizado.

También ahora se habla de la soledad, algo que también estaba ahí. Paradójicamente, en esta “Era de las telecomunicaciones”, se ha perdido el tú a tú, no se conoce a los vecinos, no se habla con el compañero de viaje del tren o del autobús, con aquel que compartimos media hora de espera a la puerta de una cita médica, ni siquiera a veces, con la persona con la que salimos supuestamente a socializar a un bar…

Se han destapado también nuestros miedos más primitivos, el de perder la vida. Aunque parece algo nuevo, aprender a convivir con una amenaza, es la vida misma… porque ¿quién tiene la certeza de acabar el día que empieza? La diferencia es que hasta ahora esto no se hacía tan “evidente”. Y el no saber afrontarlo se traduce en una ansiedad, en un “No Vivir”, fácilmente medicalizable.

Porque esta ansiedad es uno de los síntomas generados por los problemas que la COVID ha desenmascarado y los fármacos se limitan a paliarlos, pero la causa subyace, y el problema en sí mismo no es una enfermedad, y, como tal, no se trata, ni se soluciona, con medicamentos.

Tenemos un problema

La pandemia COVID es una situación desconocida, inesperada, y para la que no disponemos de recursos ni “evidencias científicas” pero ¿resuelven los medicamentos los problemas reales que la pandemia ha destapado? ¿es la sociedad la que está enferma de base? ¿no se puede aupar al ser humano para que desarrolle sus propias estrategias y se arme para cambiar lo que haga falta?

La pandemia medicamentosa, tanto o más grave, porque no se valora, se banaliza, o se ve tan ajeno a nuestra sociedad como veíamos, hace poco más de un año, el mercado de animales vivos de Wuhan y el virus que nos ha invadido.

Esperaremos pues a que sea más grave, nos echaremos las manos a la cabeza y buscaremos excusas para tapar conciencias, porque saber que hemos contribuido a su agravamiento, no va a solucionarlo, y hoy por hoy, apenas se oye alguna queja de esta medicalización por parte de los que la detectan o la sufren.

Hoy, el reconocer esta desmesurada proporción de prescripciones de estos fármacos en un día cualquiera, en un barrio medio de una ciudad de tantas del mal llamado mundo desarrollado occidental, impresiona, y nos debe llevar a reflexionar y a reconocer que tenemos un problema.

¿Lo solucionamos?

En Farmakoteralia, nuestro equipo multidisciplinar de farmacoterapéutas, antropólogos y psicólogos tiene como finalidad acompañar a cada persona a lo largo del proceso de uso de sus tratamientos farmacológicos, para ayudarles a tomar decisiones, asesorarles sobre sus dudas y proporcionar apoyo en aquellos otros aspectos que puedan ser positivos para mejorar su salud. ¿Te animas a contar con nosotros?

Conócenos en:

www.farmakoteralia.care

CONFIAR O NO CONFIAR

Muchos profesionales de la salud basan sus expectativas de excelencia para su actividad asistencial en conocimientos científicos actualizados. Es evidente que estos son la base, que constituyen el mínimo de lo que se debe exigir. Sin embargo, pocos caen en la cuenta de que hay otro tipo de conocimiento tan valioso como difícil de encontrar en los libros a los que suelen acudir a formarse y que, por mucho que leyeran, no se aprende si no es atendiendo pacientes y, sobre todo, mirándolos de una forma que, por desgracia, es bastante poco usual de encontrar, lo que conduce a una pérdida real de calidad en la atención.

Mirar con desconfianza a los pacientes, prejuzgándolos como incumplidores, irresponsables o poco formados, es desgraciadamente más la norma que la excepción en el imaginario de los profesionales de la salud. Juzgar sus actuaciones en lugar de entender la percepción personal de sus problemas suele ser bastante común, de ahí que el encuentro entre profesionales y pacientes suela estar contaminado a priori por actitudes defensivas, rigidez en la relación y desconfianza contra las que hay que luchar. Frente a esto, aquí está nuestra propuesta:

Consideramos que la relación terapéutica es un encuentro entre dos personas con conocimientos y experiencias complementarias y que buscan un objetivo común, la resolución de los problemas de los que se queja el paciente y la adquisición de nuevos conocimientos y experiencias por parte del profesional, que además se lleva de propina el propio aprendizaje personal para cuando algún día le toque ser paciente.

 En esta relación terapéutica no caben poses de novela negra, donde uno actúa de detective y el otro de presunto sospechoso del crimen. Tratar de entender las actitudes y temores de los pacientes es el único punto de partida razonable para resolver sus problemas y para un aprendizaje real por parte del profesional. Solo desde ahí la aplicación del conocimiento científico podrá ser efectiva. Y solo desde ahí, trabajando juntos en equipo, sin sospechas ni desconfianzas, podrá llegarse mucho más lejos de lo que pueda imaginarse. Incluso hasta poder romper por inválidos muchos artículos científicos de los que presumen saberse muchos profesionales.

Querido colega, confía en los pacientes, permíteles confiar. Por ellos y, sobre todo, por usted.

¿Por qué tomo un medicamento para la diabetes si no soy diabético?

A menudo personas que no están diagnosticadas con diabetes se sorprenden al descubrir que su cardiólogo les ha prescrito un medicamento para el azúcar, (los llamados inhibidores de la SGLT2) lo que comprensiblemente puede generar, sorpresa, inquietud e incluso miedo a tomarlo.

En este sentido, además de obtener información sobre lo que le preocupa, podemos potenciar sus recursos, compartiendo y discutiendo el motivo por el que le han “mandado” esta medicación y prevenir, reducir o eliminar estas sensaciones.

Distintos estudios que sugieren que esta clase de medicamentos consiguen importantes mejoras a nivel cardiovascular y renal, incluso en pacientes con insuficiencia cardíaca que no tienen diabetes, de ahí que su uso también podría resultar útil en estos casos.

Los fabricantes señalan que los efectos beneficiosos de estos medicamentos son la pérdida de peso, la disminución de la presión arterial, además de la reducción de niveles de glucosa en sangre. Más allá de considerar su lugar en la farmacoterapia antidiabética, nuestro propósito es advertir que es posible que puedan prescribir una glifozina a que algún paciente no diabético buscando un beneficio cardiovascular. Y es que parece que sí, que no solo pueden usarse medicamentos para tratar enfermedades sino para hacerlo cuando no se padecen.

Entre los efectos indeseables más comunes de este grupo de medicamentos son las infecciones genitourinarias leves, sobre todo en personas propensas a padecerlas. También existe un riesgo de sufrir deshidratación o hipotensión y hay que considerar su suspensión previa en caso de intervenciones quirúrgicas. También en el caso que esté tomando dosis altas de medicamentos diuréticos, puede ser aconsejable reducirlas, por el riesgo de deshidratación y de hipotensión antes mencionado .

El propósito de esta entrada no es justificar el papel de las glifozinas en el abordaje del riesgo cardiovascular sino que el farmacoterapéuta que evalúa el tratamiento farmacológico de una persona entienda el propósito del prescriptor a la hora de iniciar un tratamiento con glifozinas en pacientes no diabéticos con elevado riesgo cardiovascular.

SOLA ANTE EL PELIGRO

Hoy he salido de la UCI…He estado 20 días y no recuerdo nada de lo que me había sucedido.

Al llegar a la planta, el doctor me ha dicho que la culpa de lo que me ha pasado ha sido de unas pastillas que tomé. Me ha preguntado si tomé muchas, pero a mí me parece que no…

Eran unas para el dolor, de las que me dio mi médico de cabecera, las mismas que toma mi hermana cada vez que le duele la cabeza. Lo sé desde el día que me caí al suelo en aquella cafetería en la que estábamos. El camarero me dio una de las que tenía allí por si algún cliente le pedía algo para el dolor. Fue muy gracioso, las mismas pastillas que tomaba yo, que tomaba mi hermana y que el camarero tenía en el botiquín.

Como yo aguanto mucho el dolor, había retrasado mucho el empezar a tomarlas, hasta que unos días antes de aquello, cuando ya no pude más, porque con el frío era imposible sobrellevar aquel dolor de hueso, fui a por una al cajón donde guardo las medicinas. Pero, como en otras ocasiones mi médico me había dado otras, no sabía cuál coger. Así que elegí aquellas pastillitas de colores y, la verdad, ¡¡¡algo me calmaron!!! Hasta que me pasó lo que me pasó.

Nunca pensé que una medicina que tanta gente toma pudiera hacer un daño así. Y lo cierto es que no quiero que nada así me vuelva a pasar. ¡He podido irme para el otro barrio!

Ahora me da mucho miedo tomar cualquier pastilla ¡Tengo miedo a que me vuelva a dar otra cosa mala! Sé que no debería dejar de tomar, al menos, las de la tensión y aquellas blanquitas que me suena que eran para el corazón, pero tengo miedo…. ¿Qué hago?, ¿quién me podría ayudar con esto, a entender qué necesito de verdad y saber si realmente me están haciendo bien?

RESPUESTA:

Los farmacoterapéutas somos conscientes de que tu caso es mucho más común de lo que se cree. Los medicamentos son un arma terapéutica de enorme valor para resolver los problemas de las personas, pero a veces no producen el efecto deseado o incluso llegan a causar problemas como el que comentas. A veces sucede porque no todos los medicamentos funcionan igual de bien en las personas. Fíjate en lo diferentes que somos muchas personas que utilizamos un mismo medicamento: hombres, mujeres, jóvenes, mayores, todos con diferentes hábitos de vida. Pero también puede ocurrir porque, en el caso de tener que utilizar muchos a lo largo del día, unos puedan interferir con otros y hacer que los efectos se contrarresten.

Las personas como tú necesitan un farmacoterapéuta que se interese en cómo están funcionando los medicamentos, asegurando que resuelvan tus problemas o encontrando la mejor solución a lo que te pasa cuando sientas que algo no va bien, colaborando siempre con tu médico en beneficio de tu salud.

Cuenta con nosotros para que lo que te sucedió no se vuelva a repetir.

DIVIDIDOS ANTE LA VACUNACIÓN

Estamos divididos. Nuestra sociedad está enferma de polarización. Es fácil ver esta ruptura con los otros en la política, en los movimientos sociales de países ajenos, incluso en los en los deportes. Todo esto sucede y entre tanto los medios de comunicación rentabilizan la polarización. “Divide y vencerás” parecía cuestión de emperadores, pero hoy en día impera en nuestra vida condicionada por la pandemia. Evidentemente la pandemia no ha estado exenta de esta polarización que sufren nuestras sociedades donde lo que abunda es la desconfianza la cual nos ha llevado a tener puntos de vista opuestos, contradictorios y que no contribuyen a resolver este padecimiento que no es una cosa de unos o de otros, nos afecta a todos. No solo nos hemos distanciado física y socialmente, nos hemos convertido en oponentes. Nos hemos dejado arrastrar por esta polarización y automáticamente nos ubicamos desde argumentos contra los otros. No estamos escuchando, simplemente encontramos formas para oponernos a lo que piensan los demás, no encontramos alternativas para coincidir y poder avanzar. 

La división en este momento es aún más grave cuando entendemos la vacunación como una batalla de dos bandos. No se trata de etiquetar al otro como anti-vacunas o pro-vacunas, esta es una peligrosa simplificación. La realidad es más compleja en este tema que afecta la salud individual y la colectiva.

Respecto a la vacunación contra la COVID-19 hay tanta polarización como en otros aspectos de nuestra vida actualmente. En un extremo, están las personas tiene mucho miedo a vacunarse, que tienen mucho recelo acerca de estas vacunas, quienes, aunque nieguen o no la existencia de la enfermedad, encuentran demasiado turbio este proceso de vacunación acelerado, competitivo, politizado, con tantos intereses económicos, que les atropella casi por un mandato en el que no se respeta su decisión individual de no vacunarse. En el otro extremo, están las personas que tienen un deseo apremiante, casi una fe ciega en la vacuna, se quieren vacunar a toda costa y pasan por encima de otros que necesitarían más estar inmunizados y consiguen vacunarse a como dé lugar y a cualquier precio. Las personas que no quieren vacunarse tienen temores que son legítimos para sí mismos provenientes de la desconfianza y las personas que se quieren vacunar tienen temor a padecer la COVID porque se sienten en gran riesgo. Unos se preguntan por cómo afectará la vacuna su cuerpo, sienten que se experimenta con ellos, dudan de que funcione porque no hay evidencia científica que avale su seguridad y temen los efectos secundarios de esa sustancia novedosa que le inyectarán, piensan sobre todo en sí mismos. Otros aceptan que la vacuna los protegerá totalmente del virus, o por lo menos de momento individualmente mientras se va ganando inmunidad colectiva, incluso algunos asumen la vacunación casi con fanatismo por temor a infectarse, y muchos creen que va a ser su única salvación olvidando todas las medidas de autocuidado. Sin embargo, ambos grupos están inmersos en la misma incertidumbre y los mismos vacíos de conocimiento sobre la inmunización contra la COVID-19 que tenemos en estos momentos. Estamos viviendo los avances de la ciencia en vivo y en directo por lo que todas las decisiones se toman en medio de un alto grado de incerteza. Ambos grupos creen que vacunarse es una cuestión de blanco o negro, sin darse cuenta de que el miedo es lo que tenemos en común y puede representarse como toda la gama de grises que nos rodea, gris como la niebla, el miedo entorpece ver el camino a recorrer. Como vemos, ambos coinciden en el miedo a padecer. Miedo a padecer los efectos de la enfermedad o los efectos adversos de una nueva vacuna. ¿por qué no nos escuchamos desde nuestros temores comunes y buscamos apoyo en otros para tomar decisiones que nos beneficiarían a todos?

Desde Farmakoteralia estamos dispuestos a escucharte, sin juzgarte. ¿Qué es lo que más te preocupa sobre la vacunación? Estamos observando con atención los avances científicos emergente para acompañarte en las decisiones que debas tomar sobre tu medicación. Compartimos tus miedos, tenemos incertidumbres, pero juntos encontraremos un camino más favorable, con más visibilidad, que si lo recorremos con tanta niebla y en soledad.

LA MEDICALIZACIÓN DEL SÍNDROME DE LA CABAÑA

El Síndrome de la Cabaña se ha convertido  en un invitado no deseado, otro más, que ha llegado acompañando a la pandemia de la COVID-19. Básicamente, se puede describir como un conjunto de síntomas que se viven con desagrado al recuperar la capacidad de movimiento después de un largo encierro o una situación de aislamiento. El miedo y la inseguridad suponen la base que justifica los distintos síntomas que se pueden observar.

No es algo nuevo,  recoge las consecuencias que se dan en situaciones en las que se rompe la soledad que estaba asociada a un espacio que se ha convertido en un refugio. Hay referencias a cazadores, buscadores de oro, fareros, … y en época más reciente se ha podido estudiar en enfermos con largos periodos de hospitalización o presidiarios.

En este momento, la situación a la que nos hemos visto forzados ha supuesto un confinamiento en el que se ha asentado de forma poderosa la idea del hogar como espacio de seguridad. Ya que desplazamientos y contacto con otras personas suponen un riesgo que añade validez  a esta creencia.

Entre las manifestaciones concretas que se están dando son alteraciones en el sueño y la alimentación, uso inadecuado de fármacos, alcohol o tabaco, anhedonia y apatía, sobreactuación en conductas de higiene y limpieza, rechazo a las relaciones sociales y la evitación de responsabilidades personales que implican abandonar “la cabaña”.

Es al llegar a este punto donde hay que ubicar la sintomatología descrita, se trata de reacciones normales ante una situación anormal, no nos encontramos ante un problema de salud mental, tampoco ante un trastorno en el que la ansiedad juegue un papel desadaptativo. Lo que se observa es un proceso de adaptación en el que cada síntoma ofrece un camino a recorrer para recuperar la normalidad.

Por lo tanto, cuando se considere el Síndrome de la Cabaña como tal, se ha de pensar en intervenciones alternativas a su medicalización. En primer lugar aceptando y normalizando la experiencia que se vive acogiendo su significado. Y a partir de ahí ,tratando de introducir medidas en las que las dificultades se contemplen como un problema a resolver, planificando el (re)establecimiento  de hábitos salutógenos, recuperando el nivel de actividad adecuado de forma progresiva, fortaleciendo conductas de seguridad compatibles con la salida al exterior y buscando espacios para el disfrute que aporten satisfacción al proceso de transición.

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