Juntos hacemos más seguros tus medicamentos

Categoría: PSICOLOGÍA (página 1 de 1)

POR QUÉ ENTREVISTAR A UN PACIENTE

Foto de Serena Wong en Pixabay

Muchas veces realizamos procedimientos de atención de una forma mecánica, simplemente porque hubo alguien que dijo que las cosas tenían que hacerse de tal o cual modo. No hay reflexión sino copia, un mero intento de repetir la forma en la que otros afirman haber tenido éxito. Sin embargo, resulta más que recomendable pensar por qué se realizan los procedimientos de un modo concreto. Preguntarse acerca de ello, nos llevará a tratar de hacerlo mejor, a descubrir aspectos importantes que la experiencia nos mostrará que lo son, y también a entender el propósito último de las acciones que se emprenden.

Por qué entrevistar a un paciente es algo que muchos que se definen como farmacoterapéutas, o que aspiran a serlo, consideran que no es fundamental. Al fin y al cabo, la práctica asistencial que debería implantarse en una Unidad de Optimización de la Farmacoterapia (UOF) tiene como objetivo asegurar que la medicación que utiliza el paciente tenga una indicación correcta, alcance la mayor cota de efectividad posible sin producir efectos indeseables y esto lo consiga mediante una utilización coherente de dicha medicación para lograr el propósito. Bastaría, pues, con registros rutinarios en la historia clínica del paciente de sus problemas de salud, sus medicamentos, así como de las pruebas fisiológicas que correspondan para evaluarlos. En todo caso, con una simple llamada telefónica, sin necesidad de cita, podría preguntarse por aquellos otros efectos que tienen que ver con signos y síntomas que han de ser descritos o tienen que ser identificados por el paciente.

Sin embargo, a pesar de ello, muchos farmacoterapéutas, al menos los que intentan serlo, insisten en la entrevista con los pacientes con el objetivo de obtener esos datos, una pérdida de tiempo para profesionales y pacientes. Salvo que entiendan, claro está, que el verdadero propósito de una entrevista no es la recopilación de unos datos, que podrían, y deberían, obtenerse por métodos más eficientes.

El aspecto diferenciador de una entrevista es conocer y compartir la experiencia farmacoterapéutica del paciente. Es decir, el verdadero propósito debería ser que el paciente dejara de verse como paciente para tener la oportunidad de descubrir a la persona. A la persona que utiliza medicamentos y que en realidad le preocupan aspectos de su vida real, y a nosotros mismos como las personas que también somos. Si recuerdan la entrada de la semana pasada, a Marisol no le preocupaba la carga colinérgica de su tratamiento sino que pudiese volver a dibujar, a colorear aquellas mandalas que tanto le relajaban y le hacían tanto bien. Pero que nosotros lográsemos ayudar a disminuir la carga colinérgica posibilitó a Marisol hacer realidad sus sueños.

La entrevista con el paciente nos da a los farmacoterapéutas la oportunidad de conocer las verdaderas aspiraciones de las personas que utilizan medicamentos, y nuestra obligación, mediante el conocimiento científico y nuestra experiencia clínica, es diseñar una estrategia desde lo farmacoterapéutico que permita compatibilizar nuestras expectativas clínicas y las expectativas vitales de los pacientes.

Las profesiones son constructos sociales al servicio de la felicidad de las personas. Es en el objetivo de la búsqueda de la felicidad donde se unen todas las profesiones, y nuestras herramientas y nuestros conocimientos no son sino medios para alcanzar unos objetivos que se escapan de nuestras atribuciones, pero que son indispensables para lograr el objetivo compartido.

Ser conscientes de que no somos más que instrumentos para la felicidad de otros nos debe mostrar la importancia de nuestro cometido, enmarcado junto los cometidos de los demás, y comprender por qué y para qué un profesional debe establecer un diálogo con un paciente y no limitarse a evaluar una serie de números, datos y estadísticas, que poco o nada dicen de la persona que hay detrás.

EFECTOS SECUNDARIOS FRECUENTES DE LAS VACUNAS (Y DE OTROS MEDICAMENTOS Y PARAMEDICAMENTOS)

Imagen de Spencer Davis en Pixabay

Si crees que esta entrada del blog va de trombos, de diarreas, de dolor en el lugar de inyección o de febrículas, si lo que pretendes es saber más sobre este tema, no pierdas el tiempo, no va por ahí el tema. Lee el párrafo siguiente, pero cierra la página y busca por otro lado.

Esta entrada va de la esperanza que ponemos en las vacunas frente a la covid- 19 en esta fase de la pandemia, cuando las compañías aéreas comienzan a engrasar sus aeronaves, las empresas hoteleras adecentan de nuevo sus instalaciones y el roce apresurado de los trolleys sobre el pavimento de nuestras aceras comienza a invadir nuestras últimas horas de sueño.

Nada más lejos del espíritu de Farmakoteralia ser antivacunas ni aguarles la fiesta a presidentes de gobiernos y naciones, que cifran sus expectativas en la vacunación de los ciudadanos como vía para dejar atrás un tiempo desolador como el que hemos vivido en todo el mundo. Defendemos las vacunas, porque éstas han salvado muchas vidas y erradicado enfermedades. Sin embargo, y aquí va la reflexión que centra este artículo, de nuevo caemos en centrar la responsabilidad de la lucha contra una enfermedad en un elemento externo a nosotros y al que llamamos medicamento.

El ser humano ha externalizado su responsabilidad en materia de salud para trasladársela a los medicamentos, una nueva forma de esclavitud.

Desde la eclosión de la industria farmacéutica y la aparición de un sinfín de medicamentos para tratar enfermedades reales o inventadas, el ser humano ha ido progresivamente haciendo dejación de sus responsabilidades en materia de salud, para trasladársela a medicamentos y paramedicamentos. Ha externalizado su responsabilidad y se la ha entregado a la gran industria, que le dice qué pastilla debe tomar y para qué sin que la persona tenga que hacer otra cosa más molesta que cumplir el régimen posológico indicado. De esta forma, hemos interiorizado y normalizado en nuestra vida medicamentos para el colesterol, para paliar nuestras tristezas y fracasos e insomnios, para superar nuestra aversión a frutas y verduras, o para superar nuestras sequedades o las dificultades de vencer la ley de la gravedad de determinados apéndices. Y también, cómo no, la vacuna frente a la covid- 19 será la que erradique la pandemia, nos evitará las molestias de portar mascarillas y permitirá volver a reagruparnos con nuestras manadas sin la mala conciencia de contagiar a los mayores. Solo habrá que poner el brazo, una o dos veces según el fabricante.

Los medicamentos se han convertido en bienes de consumo

Los medicamentos, tan necesarios, tan importantes en muchas ocasiones, y en épocas de pandemia aún más, han sobrepasado su papel de instrumentos para la salud para convertirse en bienes de consumo, y el registro de muchos de ellos, a pesar de que busquen un fin terapéutico, como productos sanitarios, va en la línea de banalizar su uso. En definitiva, se han convertido en una nueva forma de esclavitud, por la que el ser humano acaba entregando y confiando su vida a ellos sin posibilidad de escapatoria. El medicamento o la nada. Los sistemas sanitarios de hecho son sistemas medicalizadores con cargo al erario público, en lugar de instrumentos para ofrecer una vida saludable a los ciudadanos que los mantienen.

Puede que sea cierto, y que estos tiempos sean de vacunas. Pero también lo son para repensar nuestro papel y nuestras responsabilidades en materia de salud, tanto individual como colectiva y política. Porque entregarnos a los medicamentos como único remedio es someternos a los dictados e intereses de unos cuantos que manejarán, que están manejando de hecho, nuestras vidas a su antojo.

En Farmakoteralia ayudamos a obtener el máximo beneficio de los medicamentos. Y, por ello, entendemos que estos no son un bien de consumo sino la última opción para resolver un problema. Porque las personas son lo primero y son mucho más que un receptáculo de pastillas de colores o inyectables.

LA SOLEDAD, ESA ENFERMEDAD QUE NO SE TRATA CON MEDICAMENTOS

Imagen de Free- Photos en Pixabay

Hoy he hablado con Soledad. Es farmacéutica. Ella siempre ha tenido una especial sensibilidad hacia las personas mayores.

“Todos han dado un bajón enorme con la pandemia – lamenta- ¡Además hay tantos que están solos!”

No son pocas las publicaciones y estudios que se hacen eco de este hecho, señalando la proporción creciente de hogares unipersonales, y las peculiaridades de los mismos.

El informe “España 2020” elaborado por la cátedra José María Martin Patino de la Cultura del Encuentro de la Universidad Pontificia Comillas, señala que en la era de las redes sociales, de la hiperconectividad, son cada vez más los que se sienten solos.

El número de personas que confiesa sentir soledad grave, señala este informe, ha pasado de un 5,2% antes de la pandemia a un 11% actual.

Además, es superior al 21% la población que siente aislamiento social, hecho que depende de variables tales como la situación laboral, el nivel educativo, el lugar de residencia y los ingresos económicos.

Aunque ambos hechos, soledad y aislamiento social, no son equivalentes, si son reseñables.

El informe “La soledad en España “de la Fundación ONCE y la Fundación AXA, establece la necesaria diferencia entre los que viven solos porque quieren (solos voluntarios) y quiénes viven solos porque no tienen elección (solos obligados).

A este último grupo, que representa el 40,6% del total, pertenecen la gran mayoría de los 2 millones de mayores de 65 años, de los que casi 1,5 millones son mujeres, que en España viven solos, y que no han elegido de forma voluntaria esta forma de vida. Les ha sido impuesta, fundamentalmente, por su situación social y económica.

Hasta antes de marzo de 2020, en muchos casos, el problema no se apreciaba en su justa medida, porque dentro de las circunstancias de cada uno, esa involuntaria soledad, se maquillaba levemente con cierta vida social, aunque esta se limitase a ir a la compra o a hablar con el encargado de la cafetería. Y esto es precisamente a lo que, desde esa fecha, se han visto obligados a renunciar.

Son ellos, nuestros mayores, los que han tenido que enfrentar esa soledad más exacerbada por el confinamiento, del que han salido con 2 o 3 medicamentos más añadidos a su no corta lista previa de medicación.

Los tristemente conocidos antidepresivos y ansiolíticos, que, no solo no arreglan el problema, sino que les crean otros nuevos: adormecimiento diurno, caídas, fracturas…

Y no son medicamentos lo que ellos necesitan.

Pero nuestra sociedad medicaliza problemas cuya solución no es farmacológica, y por eso la soledad no es un aspecto más que caracteriza a la segunda década del siglo XXI, sino que hoy se convierte en la enfermedad silenciosa que crece y cuyo alcance todavía no se ha estimado

Hoy Soledad, la farmacéutica, ha encontrado en Farmakoteralia la respuesta a esa petición muda para sus queridos mayores.

Porque en Farmakoteralia ofrecemos el acompañamiento que la persona que está detrás de esa medicación necesita, como la más poderosa y eficaz de las terapias. Porque a dónde no llegan los fármacos lo hace el apoyo humano.

¿SE PUEDE ACOMPAÑAR A LA PERSONA QUE SUFRE?

Foto de Sasin Tipchay en Pixabay

Para poder responder a esta pregunta lo primero que se necesita es delimitar lo que se entiende por sufrimiento, y diremos que es la forma en la que se integra el dolor. Se trata por tanto de un proceso subjetivo, que cambia de persona en persona e incluso puede estar condicionado por los diferentes momentos que vive la persona que sufre.

El resultado es un estado multidimensional donde se mezclan ingredientes físicos, psicológicos y existenciales, que se influyen entre ellos generando un profundo malestar. En los casos más extremos implicará incluso la renuncia a seguir viviendo.

Se han buscado elementos que pueden influir en su desarrollo y se han encontrado factores que aparecen con más frecuencia. Se considera que la intensidad de la amenaza percibida sobre la integridad, la falta de predictibilidad y la indefensión son circunstancias que facilitarían la aparición del sufrimiento.

Por otro lado, aproximarse a la persona que sufre no resulta fácil, el miedo al contagio emocional, la evitación del contacto con el dolor y la sensación de que no se posee la capacidad de dar consuelo levanta una barrera aparentemente infranqueable. Ante ello se responde con la huida o con la búsqueda de soluciones que no existen con el fin de calmar nuestra propia ansiedad.

Pero afortunadamente existen alternativas, sí que podemos acompañar a la persona que sufre….

Una de las acciones tiene que ver con la atención de sus necesidades según las prioridades que la propia persona establece. La importancia de unos síntomas o de las dificultades asociadas a ellos no es siempre la misma, y por supuesto no tiene por qué ajustarse a las creencias de la persona que acompaña. A continuación, de forma realista, llegará el momento de ocuparse de las ayudas prácticas que pueden contribuir a aliviar el peso de aquellas circunstancias sobre las que se pueda intervenir.

En otros casos la acción estará muy limitada y la acción se dirigirá a que la persona afectada introduzca cambios en la actitud con la que se abordan las dificultades y se aprovechan las oportunidades. De fondo se buscará la percepción de control, de que no hay una renuncia a la acción.

Es importante reconocer las causalidades, incorporar el momento que se vive inserto en una línea de tiempo donde quepa la comprensión y la predictibilidad, siempre evidenciando que la persona que sufre es un agente activo en el proceso que vive.

Y de fondo la escucha comprometida, que dé protagonismo a la persona atendida, que explore y valide su experiencia emocional, que facilite la autocomprensión y la toma de decisiones. Por sí sola, esta escucha ya respondería a la pregunta con la que se introduce este texto y justificaría mirar de frente al sufrimiento.

«En Farmakoteralia te acompañamos al usar tus medicamentos conscientes de tu experiencia emocional, escuchándote comprometidamente para confrontar (enfrentar) juntos el sufrimiento que puedas estar viviendo».

QUÉ EMPEÑO ESE DE TRATAR LA HIPERTENSIÓN CON ANTIHIPERTENSIVOS

Imagen de Jerzy Górecki en Pixabay

Amparo tiene ochenta años y su tensión arterial está disparada, no hay manera de bajarla. Su médica está desesperada, otra forma de dispararse. Le ha cambiado muchas veces el tratamiento, pero no le funciona. Nada le funciona…

Ah, una cosa, se me olvidaba. Amparo perdió a su marido hace un par de años y ahora, lo que ha comenzado a perder es la memoria. Claro, lo normal, a esa edad pasa mucho, que la cabeza ya no esté donde tenía que estar. Y perder a su marido, vivir sola cuando siempre vivió acompañada, es algo muy duro. Le ha pasado ha mucha gente, todos conocemos algún caso parecido. Y sus hijas…

Sus hijas apenas pueden estar. Una, nada, porque vive en una ciudad que está a 800 km. Allí tiene su trabajo, su familia… su vida. A la otra, en cambio, sí que la tiene más cerca. Relativamente, porque su barrio está muy lejos. Compró un apartamento donde se lo pudo permitir, en el extrarradio, un buen lugar, moderno y funcional, pero mal comunicado con la casa de su madre. Y, encima, su trabajo de maestra le ocupa gran parte del tiempo. Y ahora, con esto de la pandemia todo es más difícil. Va a verla casi todas las tardes, pero a veces no puede.

La quetiapina fue la solución para su médica. Qué va a hacer la pobre, si no la puede ver, si todo tiene que ser por teléfono. Si la pobre Amparo se lía con el teléfono, si a su edad hay muchos, muchos ancianos tomando quetiapina para que no se alteren más de la cuenta. Dos veces al día, además. Y el lorazepam para que descanse, por si la quetiapina no es suficiente para que se quede tranquila. Pero lo de la tensión… ay, lo de la tensión. ¿Cómo controlar la tensión, con esos nervios que tiene, que nada más que se levanta se pone a llorar y no sabe ni donde tiene el pañuelo?

***

Cuántas Amparos conocen ustedes. A cuántas Amparos las dejamos desamparadas en medio de la pandemia, y mucho antes también, porque no todo lo que sucede es responsabilidad del coronavirus que nos invadió. Mujeres, sobre todo, y también hombres con una o varias pastillas como único cuidado. Pastillas low-cost, o incluso gratis, gracias a la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado que solo sirven para mitigar nuestros remordimientos. Una eutanasia de baja intensidad promovida por una sistema sanitario que únicamente ofrece pastillas y más pastillas a nuestros males. A unos males que quizás podrían aliviarse de otro modo. De un modo más humano, sin tener que acudir a medicalizar la soledad.

Juntos podemos hacer más seguros tus medicamentos. Juntos podemos aliviar tu sufrimiento.

MAL- TRATAMIENTOS

El uso de la palabra tratamiento para denominar a los medicamentos hace pensar que hoy, en el Día Mundial de la Mujer, existen muchas formas sofisticadas de maltrato. Posiblemente no tenga por qué llamarlo violencia sino a “tratar mal” a otro ser. Usar una medicación que perjudica, o que alguien recomiende a otra persona un tratamiento nocivo sin pretender verdaderamente un beneficio, es una forma de mal-tratar.

A las mujeres hace tiempo que se las viene mal-tratando de diversas formas, pero reflexionando respecto a la relación entre maltrato social y enfermedad resuena aquel diagnóstico de “histeria” que recibían las mujeres cuando tenían diversos síntomas relacionados con el nerviosismo y la irritabilidad. Aquellos diagnósticos incluían una amplia gama de manifestaciones como dolores de cabeza, espasmos musculares, convulsiones, insomnio y cualquier excitación nerviosa propia de las mujeres, de las mujeres problemáticas e incómodas, claro. La psiquiatría ha contribuido a llamar trastornos disociativos a lo que antiguamente se agrupaba bajo la connotación de histeria, sin embargo, las mujeres deben ser conscientes de que en el imaginario colectivo aún quedan reminiscencias de esta idea de lo femenino y su expresión histérica cuando no se las puede controlar.

Y aunque ahora se denomine de formas menos estigmatizadoras y más específicas, hay muchas formas de violencia contra las mujeres que se originan en la incapacidad de controlarlas y que buscan acallar su voz, su fuerza, sus emociones, su sororidad o cualquiera de sus expresiones y demandas ante las injusticias.

En este mundo medicalizado y medicamentalizado, también los medicamentos callan la boca a las mujeres, les quitan la fuerza, anulan sus emociones y promueven tratar su miedo a perder el control, y así autorregular lo que les incomoda a otros.

¿Cuántas mujeres han sido silenciadas con ansiolíticos cuando han querido defenderse de sus agresores? ¿Cuántas mujeres han visto secar sus lágrimas con antidepresivos para no llorar los duelos que tenían que llorar?  ¿Cuántas mujeres han sido mal-tratadas de un problema cardiaco por el prejuicio de aquellos que las tratan como si fuera más bien una crisis de ansiedad? ¿Cuántas mujeres han confinado sus emociones a través de las pastillitas para no incomodar a los demás?

Hay mal-tratamientos que aíslan socialmente, hay mal-tratamientos que estigmatizan, hay mal-tratamientos que confunden las emociones de las mujeres con problemas de salud mental, hay mal-tratamientos que reducen la autonomía y la autoestima, hay mal-tratamientos que llevan a justificar reacciones abusivas, hay mal-tratamientos que empobrecen, y nos empobrecen a todos, hombres y mujeres al sustraer a las mujeres su riqueza emocional.

Nuestra sociedad no solo violenta a las mujeres con el uso intencional de la fuerza. Conforme más se empoderan, más alternativas sofisticadas encuentra para contenerlas. No solo hay contenciones físicas, hay contenciones farmacológicas que deberíamos ser capaces de cuestionar.

HOUSTON

Hay días, como hoy, en que realmente nuestra alma de profesionales de la salud sonríe: resuelves el problema a una persona, tienes buena conjunción con el resto del equipo que la atiende…

Sin embargo, al final de la jornada laboral, esa primitiva sensación de satisfacción sufre un revés: casi las 2/3 partes de las personas a las que hemos atendido toman fármacos antidepresivos y/o ansiolítico/sedantes. Y en más de la mitad de los casos, por periodos superiores a los 2 años… Es por eso por lo que recordamos aquella famosa frase del astronauta Jack Swigert durante lal accidentada misión del Apolo 13:

Houston: ¡Tenemos un problema!

Conocido es el escándalo de los opioides en EEUU, y aquí, que posiblemente vayamos por el mismo camino con estas drogas, estamos viendo la paja en el ojo ajeno.

En nuestro país tenemos, una sobreprescripción, mucho más antigua, y muy anterior a la pandemia COVID. Hace más de 20 años que los grupos farmacológicos antes nombrados, antidepresivos y ansiolítico/sedantes, han escalado progresivamente puestos en el ranking de los más prescritos/dispensados, hecho auspiciado, para mayor gravedad, por las guías de práctica clínica en las que ya hace años, entre otras, se han introducido con impune naturalidad los llamados “antipsicóticos atípicos”…

Tenemos un problema

Desde el bautizo del Prozac como la “píldora de la felicidad”, se ha sobredimensionado el poder de estos medicamentos y su alcance en problemas que mayoritariamente no soluciona, pero sí tapa, y, generan otros relacionados exclusivamente con su uso.

Muchos de las situaciones para las que se prescriben (duelo, soledad, desamor…) requieren ser afrontadas, asumidas e invertir para ello un tiempo, un esfuerzo y recursos de otro tipo, fundamentalmente psicológicos y sociales. Pero nuestra sociedad no estimula el esfuerzo, en ella prima la comodidad, y la inmediatez, y, tomar la pastillita ¡¡¡ es tan fácil…!!!

Nuestros gobernantes, deudores con la todopoderosa industria farmacéutica, no lo ven o no quieren verlo, al fin y al cabo, el medicamento es, particularmente en España, el recurso más barato y el propiciar su uso, la gran excusa para no realizar inversiones en lo social y, por qué no decirlo, en lo “humanístico”

Tenemos un problema

La situación COVID no ha hecho más que sacar a la luz varios problemas preexistentes y este es uno de ellos.

Por eso, la noticia de Europa Press titulada “Incremento en el uso de medicamentos para el sistema nervioso se duplicó durante la pandemia” no es inesperada, porque el campo ya estaba abonado, y, aunque nadie duda de que esta anómala situación pandémica ha trastocado todo, este problema sólo se ha reagudizado.

También ahora se habla de la soledad, algo que también estaba ahí. Paradójicamente, en esta “Era de las telecomunicaciones”, se ha perdido el tú a tú, no se conoce a los vecinos, no se habla con el compañero de viaje del tren o del autobús, con aquel que compartimos media hora de espera a la puerta de una cita médica, ni siquiera a veces, con la persona con la que salimos supuestamente a socializar a un bar…

Se han destapado también nuestros miedos más primitivos, el de perder la vida. Aunque parece algo nuevo, aprender a convivir con una amenaza, es la vida misma… porque ¿quién tiene la certeza de acabar el día que empieza? La diferencia es que hasta ahora esto no se hacía tan “evidente”. Y el no saber afrontarlo se traduce en una ansiedad, en un “No Vivir”, fácilmente medicalizable.

Porque esta ansiedad es uno de los síntomas generados por los problemas que la COVID ha desenmascarado y los fármacos se limitan a paliarlos, pero la causa subyace, y el problema en sí mismo no es una enfermedad, y, como tal, no se trata, ni se soluciona, con medicamentos.

Tenemos un problema

La pandemia COVID es una situación desconocida, inesperada, y para la que no disponemos de recursos ni “evidencias científicas” pero ¿resuelven los medicamentos los problemas reales que la pandemia ha destapado? ¿es la sociedad la que está enferma de base? ¿no se puede aupar al ser humano para que desarrolle sus propias estrategias y se arme para cambiar lo que haga falta?

La pandemia medicamentosa, tanto o más grave, porque no se valora, se banaliza, o se ve tan ajeno a nuestra sociedad como veíamos, hace poco más de un año, el mercado de animales vivos de Wuhan y el virus que nos ha invadido.

Esperaremos pues a que sea más grave, nos echaremos las manos a la cabeza y buscaremos excusas para tapar conciencias, porque saber que hemos contribuido a su agravamiento, no va a solucionarlo, y hoy por hoy, apenas se oye alguna queja de esta medicalización por parte de los que la detectan o la sufren.

Hoy, el reconocer esta desmesurada proporción de prescripciones de estos fármacos en un día cualquiera, en un barrio medio de una ciudad de tantas del mal llamado mundo desarrollado occidental, impresiona, y nos debe llevar a reflexionar y a reconocer que tenemos un problema.

¿Lo solucionamos?

En Farmakoteralia, nuestro equipo multidisciplinar de farmacoterapéutas, antropólogos y psicólogos tiene como finalidad acompañar a cada persona a lo largo del proceso de uso de sus tratamientos farmacológicos, para ayudarles a tomar decisiones, asesorarles sobre sus dudas y proporcionar apoyo en aquellos otros aspectos que puedan ser positivos para mejorar su salud. ¿Te animas a contar con nosotros?

Conócenos en:

www.farmakoteralia.care

DIVIDIDOS ANTE LA VACUNACIÓN

Estamos divididos. Nuestra sociedad está enferma de polarización. Es fácil ver esta ruptura con los otros en la política, en los movimientos sociales de países ajenos, incluso en los en los deportes. Todo esto sucede y entre tanto los medios de comunicación rentabilizan la polarización. “Divide y vencerás” parecía cuestión de emperadores, pero hoy en día impera en nuestra vida condicionada por la pandemia. Evidentemente la pandemia no ha estado exenta de esta polarización que sufren nuestras sociedades donde lo que abunda es la desconfianza la cual nos ha llevado a tener puntos de vista opuestos, contradictorios y que no contribuyen a resolver este padecimiento que no es una cosa de unos o de otros, nos afecta a todos. No solo nos hemos distanciado física y socialmente, nos hemos convertido en oponentes. Nos hemos dejado arrastrar por esta polarización y automáticamente nos ubicamos desde argumentos contra los otros. No estamos escuchando, simplemente encontramos formas para oponernos a lo que piensan los demás, no encontramos alternativas para coincidir y poder avanzar. 

La división en este momento es aún más grave cuando entendemos la vacunación como una batalla de dos bandos. No se trata de etiquetar al otro como anti-vacunas o pro-vacunas, esta es una peligrosa simplificación. La realidad es más compleja en este tema que afecta la salud individual y la colectiva.

Respecto a la vacunación contra la COVID-19 hay tanta polarización como en otros aspectos de nuestra vida actualmente. En un extremo, están las personas tiene mucho miedo a vacunarse, que tienen mucho recelo acerca de estas vacunas, quienes, aunque nieguen o no la existencia de la enfermedad, encuentran demasiado turbio este proceso de vacunación acelerado, competitivo, politizado, con tantos intereses económicos, que les atropella casi por un mandato en el que no se respeta su decisión individual de no vacunarse. En el otro extremo, están las personas que tienen un deseo apremiante, casi una fe ciega en la vacuna, se quieren vacunar a toda costa y pasan por encima de otros que necesitarían más estar inmunizados y consiguen vacunarse a como dé lugar y a cualquier precio. Las personas que no quieren vacunarse tienen temores que son legítimos para sí mismos provenientes de la desconfianza y las personas que se quieren vacunar tienen temor a padecer la COVID porque se sienten en gran riesgo. Unos se preguntan por cómo afectará la vacuna su cuerpo, sienten que se experimenta con ellos, dudan de que funcione porque no hay evidencia científica que avale su seguridad y temen los efectos secundarios de esa sustancia novedosa que le inyectarán, piensan sobre todo en sí mismos. Otros aceptan que la vacuna los protegerá totalmente del virus, o por lo menos de momento individualmente mientras se va ganando inmunidad colectiva, incluso algunos asumen la vacunación casi con fanatismo por temor a infectarse, y muchos creen que va a ser su única salvación olvidando todas las medidas de autocuidado. Sin embargo, ambos grupos están inmersos en la misma incertidumbre y los mismos vacíos de conocimiento sobre la inmunización contra la COVID-19 que tenemos en estos momentos. Estamos viviendo los avances de la ciencia en vivo y en directo por lo que todas las decisiones se toman en medio de un alto grado de incerteza. Ambos grupos creen que vacunarse es una cuestión de blanco o negro, sin darse cuenta de que el miedo es lo que tenemos en común y puede representarse como toda la gama de grises que nos rodea, gris como la niebla, el miedo entorpece ver el camino a recorrer. Como vemos, ambos coinciden en el miedo a padecer. Miedo a padecer los efectos de la enfermedad o los efectos adversos de una nueva vacuna. ¿por qué no nos escuchamos desde nuestros temores comunes y buscamos apoyo en otros para tomar decisiones que nos beneficiarían a todos?

Desde Farmakoteralia estamos dispuestos a escucharte, sin juzgarte. ¿Qué es lo que más te preocupa sobre la vacunación? Estamos observando con atención los avances científicos emergente para acompañarte en las decisiones que debas tomar sobre tu medicación. Compartimos tus miedos, tenemos incertidumbres, pero juntos encontraremos un camino más favorable, con más visibilidad, que si lo recorremos con tanta niebla y en soledad.

LA MEDICALIZACIÓN DEL SÍNDROME DE LA CABAÑA

El Síndrome de la Cabaña se ha convertido  en un invitado no deseado, otro más, que ha llegado acompañando a la pandemia de la COVID-19. Básicamente, se puede describir como un conjunto de síntomas que se viven con desagrado al recuperar la capacidad de movimiento después de un largo encierro o una situación de aislamiento. El miedo y la inseguridad suponen la base que justifica los distintos síntomas que se pueden observar.

No es algo nuevo,  recoge las consecuencias que se dan en situaciones en las que se rompe la soledad que estaba asociada a un espacio que se ha convertido en un refugio. Hay referencias a cazadores, buscadores de oro, fareros, … y en época más reciente se ha podido estudiar en enfermos con largos periodos de hospitalización o presidiarios.

En este momento, la situación a la que nos hemos visto forzados ha supuesto un confinamiento en el que se ha asentado de forma poderosa la idea del hogar como espacio de seguridad. Ya que desplazamientos y contacto con otras personas suponen un riesgo que añade validez  a esta creencia.

Entre las manifestaciones concretas que se están dando son alteraciones en el sueño y la alimentación, uso inadecuado de fármacos, alcohol o tabaco, anhedonia y apatía, sobreactuación en conductas de higiene y limpieza, rechazo a las relaciones sociales y la evitación de responsabilidades personales que implican abandonar “la cabaña”.

Es al llegar a este punto donde hay que ubicar la sintomatología descrita, se trata de reacciones normales ante una situación anormal, no nos encontramos ante un problema de salud mental, tampoco ante un trastorno en el que la ansiedad juegue un papel desadaptativo. Lo que se observa es un proceso de adaptación en el que cada síntoma ofrece un camino a recorrer para recuperar la normalidad.

Por lo tanto, cuando se considere el Síndrome de la Cabaña como tal, se ha de pensar en intervenciones alternativas a su medicalización. En primer lugar aceptando y normalizando la experiencia que se vive acogiendo su significado. Y a partir de ahí ,tratando de introducir medidas en las que las dificultades se contemplen como un problema a resolver, planificando el (re)establecimiento  de hábitos salutógenos, recuperando el nivel de actividad adecuado de forma progresiva, fortaleciendo conductas de seguridad compatibles con la salida al exterior y buscando espacios para el disfrute que aporten satisfacción al proceso de transición.

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