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Pocas enfermedades hacen tanto daño a los pacientes como el corporativismo. A los pacientes y a los profesionales de la salud, porque si bien aquellos corren el riesgo de ver cómo se agravan sus problemas, por no estar atendidos por los profesionales que más y mejor les podrían ayudar, estos también pueden caer en la frustración, por el fracaso terapéutico al que los condenan al empecinarse en tratar lo que otros podrían hacer mejor.

Si algo nos enseña esta era de la cronicidad y pandemias, porque ciertas enfermedades no son sino pandemias no infecciosas, aunque sí contagiosas por culpa de los hábitos sociales a los que nos han condenado nuestra forma de vivir, es la complejidad de abordaje de la mayoría de los problemas relacionados con la salud. Los problemas de salud son complejos porque, además de un necesario abordaje multidisciplinar, con miradas diferentes y complementarias, tienen causas y consecuencias sociales y políticas, de ahí que tratar las enfermedades y, por ende, garantizar el derecho a la salud de la población, precisa de la actuación conjunta y coordinada de diferentes profesionales, no solo de los clásicamente considerados como de la salud, y además exige la determinación y toma de postura de la ciudadanía, en cada acto sanitario y en cada acto político en el que el voto y la democracia juegan un papel esencial. Porque los desequilibrios sociales son los mayores responsables de la propagación de las enfermedades.

Mientras esto sucede, por mucho que no queramos verlo, los profesionales de la salud continuamos haciendo la guerra por nuestra cuenta, juzgando o prejuzgando el papel de cada profesión de la salud que nos es ajena, en lugar de tratar de buscar y conocer qué es lo que las demás pueden aportar en beneficio de uno de los colectivos más vulnerables, el de los pacientes, que además, y como no podría ser de otra manera, suele coincidir en un alto porcentaje con el de las poblaciones más pobres desde un punto de vista económico y educativo.

El corporativismo supone una flagrante desviación del cometido que cada una de las profesiones tiene en la sociedad, que no es otra que ayudar a satisfacer las necesidades y aliviar el sufrimiento de la sociedad desde su conocimiento. Es una desviación porque, en lugar de poner el foco en las personas y en la sociedad, lo orienta hacia su ombligo profesional, hacia esa falsa creencia de sentirse indispensables, únicos y autosuficientes, además de a considerar intromisión no solo la actuación de otros profesionales, sino incluso la de aquellos pacientes que se forman y tratan de comprender lo que les sucede. Una forma de matar con absoluta impunidad ya que no hay quien persiga este delito ni lo considere así, por muchas víctimas del corporativismo que acaben llenando los tanatorios, incluyendo los propios familiares de los corporativistas. Porque, como en tantas enfermedades ocultas en las que los pacientes desconocen su enfermedad, el corporativista jamás reconocerá su patología.

En Farmakoteralia hemos nacido con una vocación transdisciplinar, tratando desde el primer momento de entender si nuestros profesionales pueden ayudar a resolver los problemas de nuestros pacientes, derivando a quien más los pueda ayudar cuando sus problemas se escapen a nuestro conocimiento. Sí, huimos del corporativismo como gato del agua, es la fortaleza que nos une.

Farmakoteralia nació también para poner su granito de arena en la erradicación de la pandemia farmacológica, un importantísimo problema de salud pública por el que el medicamento, y la medicalización, constituye la causa de enfermedad en muchas personas. El medicamento como “agente patógeno”. Para ello, unimos nuestras fuerzas antropólogos, farmacoterapéutas y psicólogos, tratando de complementar nuestras fortalezas para comprender la complejidad clínica y social que supone para las personas utilizar medicamentos en la vida diaria. Llevamos poco tiempo, no somos demasiados, pero a todos nos une una mirada que nunca se dirige a nuestro ombligo sino a las necesidades de las personas, de las personas que sufren una medicalización excesiva e imperfecta, por parte de unos sistemas sanitarios orientados a los medicamentos en lugar de a las personas.

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