El Síndrome de la Cabaña se ha convertido  en un invitado no deseado, otro más, que ha llegado acompañando a la pandemia de la COVID-19. Básicamente, se puede describir como un conjunto de síntomas que se viven con desagrado al recuperar la capacidad de movimiento después de un largo encierro o una situación de aislamiento. El miedo y la inseguridad suponen la base que justifica los distintos síntomas que se pueden observar.

No es algo nuevo,  recoge las consecuencias que se dan en situaciones en las que se rompe la soledad que estaba asociada a un espacio que se ha convertido en un refugio. Hay referencias a cazadores, buscadores de oro, fareros, … y en época más reciente se ha podido estudiar en enfermos con largos periodos de hospitalización o presidiarios.

En este momento, la situación a la que nos hemos visto forzados ha supuesto un confinamiento en el que se ha asentado de forma poderosa la idea del hogar como espacio de seguridad. Ya que desplazamientos y contacto con otras personas suponen un riesgo que añade validez  a esta creencia.

Entre las manifestaciones concretas que se están dando son alteraciones en el sueño y la alimentación, uso inadecuado de fármacos, alcohol o tabaco, anhedonia y apatía, sobreactuación en conductas de higiene y limpieza, rechazo a las relaciones sociales y la evitación de responsabilidades personales que implican abandonar “la cabaña”.

Es al llegar a este punto donde hay que ubicar la sintomatología descrita, se trata de reacciones normales ante una situación anormal, no nos encontramos ante un problema de salud mental, tampoco ante un trastorno en el que la ansiedad juegue un papel desadaptativo. Lo que se observa es un proceso de adaptación en el que cada síntoma ofrece un camino a recorrer para recuperar la normalidad.

Por lo tanto, cuando se considere el Síndrome de la Cabaña como tal, se ha de pensar en intervenciones alternativas a su medicalización. En primer lugar aceptando y normalizando la experiencia que se vive acogiendo su significado. Y a partir de ahí ,tratando de introducir medidas en las que las dificultades se contemplen como un problema a resolver, planificando el (re)establecimiento  de hábitos salutógenos, recuperando el nivel de actividad adecuado de forma progresiva, fortaleciendo conductas de seguridad compatibles con la salida al exterior y buscando espacios para el disfrute que aporten satisfacción al proceso de transición.