Imagen de Jerzy Górecki en Pixabay

Amparo tiene ochenta años y su tensión arterial está disparada, no hay manera de bajarla. Su médica está desesperada, otra forma de dispararse. Le ha cambiado muchas veces el tratamiento, pero no le funciona. Nada le funciona…

Ah, una cosa, se me olvidaba. Amparo perdió a su marido hace un par de años y ahora, lo que ha comenzado a perder es la memoria. Claro, lo normal, a esa edad pasa mucho, que la cabeza ya no esté donde tenía que estar. Y perder a su marido, vivir sola cuando siempre vivió acompañada, es algo muy duro. Le ha pasado ha mucha gente, todos conocemos algún caso parecido. Y sus hijas…

Sus hijas apenas pueden estar. Una, nada, porque vive en una ciudad que está a 800 km. Allí tiene su trabajo, su familia… su vida. A la otra, en cambio, sí que la tiene más cerca. Relativamente, porque su barrio está muy lejos. Compró un apartamento donde se lo pudo permitir, en el extrarradio, un buen lugar, moderno y funcional, pero mal comunicado con la casa de su madre. Y, encima, su trabajo de maestra le ocupa gran parte del tiempo. Y ahora, con esto de la pandemia todo es más difícil. Va a verla casi todas las tardes, pero a veces no puede.

La quetiapina fue la solución para su médica. Qué va a hacer la pobre, si no la puede ver, si todo tiene que ser por teléfono. Si la pobre Amparo se lía con el teléfono, si a su edad hay muchos, muchos ancianos tomando quetiapina para que no se alteren más de la cuenta. Dos veces al día, además. Y el lorazepam para que descanse, por si la quetiapina no es suficiente para que se quede tranquila. Pero lo de la tensión… ay, lo de la tensión. ¿Cómo controlar la tensión, con esos nervios que tiene, que nada más que se levanta se pone a llorar y no sabe ni donde tiene el pañuelo?

***

Cuántas Amparos conocen ustedes. A cuántas Amparos las dejamos desamparadas en medio de la pandemia, y mucho antes también, porque no todo lo que sucede es responsabilidad del coronavirus que nos invadió. Mujeres, sobre todo, y también hombres con una o varias pastillas como único cuidado. Pastillas low-cost, o incluso gratis, gracias a la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado que solo sirven para mitigar nuestros remordimientos. Una eutanasia de baja intensidad promovida por una sistema sanitario que únicamente ofrece pastillas y más pastillas a nuestros males. A unos males que quizás podrían aliviarse de otro modo. De un modo más humano, sin tener que acudir a medicalizar la soledad.

Juntos podemos hacer más seguros tus medicamentos. Juntos podemos aliviar tu sufrimiento.