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LA HISTORIA DE UNA ARTRITIS REUMATOIDE EN TIEMPOS DE COVID-19

Imagen de @Schäferle en Pixabay


Esta historia real de abandono no sucede en España sino en Bolivia, aunque también habría que reflexionar y mucho acerca de la situación en la que el sistema sanitario ha dejado a los pacientes españoles. Pero sucede en Bolivia y le sucede a Ángela, un nombre falso en el que solo la vocal inicial corresponde a la persona a la que nos referimos. La historia de Ángela, que en la actualidad tiene 69 años, es la de una superviviente, una heroína anónima, pues a punto estuvo de morir tres veces y las tres logró resistir.

Allá por 1991 una mala extracción dental le provocó una septicemia. Fue tal la gravedad que un médico, cuando Ángela yacía en el hospital y estaba a punto de morir sin remedio, se apiadó de ella, de sus cuatro hijos pequeños que ya no tenían padre y que iban a perder a su madre, y la intervino quirúrgicamente. Hasta cuatro veces tuvo que operarse, y se salvó. Pero, según ella refiere, el pus había entrado ya en la sangre y se había alojado en sus articulaciones, provocándole una artritis reumatoide que a día de hoy solo otro milagro la mantiene de pie.

En el año 2000 le explotó una garrafa que manipulaba y sufrió quemaduras en el 64% de su cuerpo. También sobrevivió, pero los dolores de huesos se agravaron. Y en 2020 la covid-19 también estuvo a punto de acabar con ella, pero tampoco pudo con ella.

Ángela hoy vive sola. Apenas recibe la visita de una hija, que le hace las compras y decide lo que ella debe comer, de acuerdo a lo que los consejos que le dicta San Google. A veces sus dolores son muy fuertes, y desde que la pandemia asola el mundo, su atención médica se esfumó. Los especialistas que atendían su artritis no están disponibles ni puede acudir a que le hagan sobrellevar mejor sus crisis, esas que aparecen de vez en cuando y en especial cuando la lluvia o el frío acuden puntualmente a su cita estacional.

Ángela, sola, desesperada, decidió abandonar su tratamiento para la artritis reumatoide. Adiós al metotrexato, adiós a ácido fólico, a la azatioprina… Solo el meloxicam, y a veces el ketorolaco, cuando ya no puede más, tratan sus dolores, y afortunadamente no han descontrolado los valores de presión arterial. Así nos encontramos a Ángela cuando conectamos con ella por sala virtual, y esto aprendimos con ella.

Comprender el dolor emocional de los pacientes, entender las razones de su forma de actuar, es el único punto de partida posible para establecer una relación terapéutica que pueda conducir a abordar los problemas terapéuticos, en nuestro caso farmacoterapéuticos, con una cierta posibilidad de éxito. Ángela había dejado de usar aquellos medicamentos que aparentemente no le calmaban el dolor aunque detuvieran el progreso de la enfermedad. En cambio, sí utilizaba los que le permitía gozar de una mínima autonomía, aunque solo fueran meramente paliativos y su curación aparente.

La comprensión, que no significa la aceptación del punto de vista del otro sino conocerlo, nos permite entrar a formar parte de la solución, mientras que el juicio, que no es más que imponer nuestro punto de vista sobre el de los demás, nos aleja de ella y nos coloca enfrente, como un posible enemigo más, como si ya no hubiera suficientes.

A la comprensión como punto de partida le debe seguir la explicación, que no es sino mostrar nuestro punto de vista en palabras que la persona que tenemos por delante pueda entender, en el que siempre deben incluirse propuestas de resolución. Que entendiese el funcionamiento del metotrexato y del ácido fólico, que supiera la importancia de estos a largo plazo, y sentirse comprendida y no juzgada, le hizo decidir volver al tratamiento.

Conforme más pacientes vemos, más convencidos estamos de que el beneficio real y prolongado en el tiempo sobre la salud de los pacientes pasa por que establezcamos una buena relación terapéutica. También la relación terapéutica nos hará a nosotros mejores profesionales y mejores personas. Como también tenemos la certeza de que basar nuestra práctica exclusivamente en el conocimiento técnico no constituye más que una absurda conversación con nosotros mismos, algo estéril e ineficiente para las personas que necesitan nuestra ayuda. Un esfuerzo inútil que, como a Sísifo, nos volverá a colocar, más pronto que tarde, en la casilla de salida.

Por eso, en Farmakoteralia, aspiramos a ser personas que tratan con personas. Ni más, ni menos. Algo que parece tan sencillo y que, sin embargo, nos muestra el camino que deseamos recorrer

MARÍA JESÚS

Imagen de Couleur en Pixabay

Hoy por fin he conocido a María Jesús. Habíamos hablado a través de la plataforma virtual por la que atendemos en Farmakoteralia. Nunca nos habíamos visto en persona, pero desde nuestros encuentros, ciertamente no éramos ya dos desconocidas.

Nuestra primera conversación, a propósito de ciertos problemas que achacaba a su medicación, fue muy larga. Y no precisamente por el motivo a priori de la llamada, sino por su necesidad de hablar. En aquel momento, llevaba encerrada en su casa desde el ya tristemente famoso, 14 de marzo de 2020. Dialogamos durante más de 40 minutos. La segunda ocasión fue más corta, como un cuarto de hora.

Es una mujer que está y se siente sola. Toma 7 medicamentos al día. “A veces- ha ironizado- hasta hablo con mis pastillitas de colores”. Me desveló muchos detalles de su vida, hasta algunos que, por su carácter íntimo, podría pensarse que estarían destinados a su círculo más cercano, a alguien que no ejerciera el papel como el mío, el de una profesional con la misión de ayudarle a alcanzar los objetivos de la medicación que precisa. Pero los humanos somos así. A veces nos desahogamos con personas ajenas, en parte quizá porque pensamos que, precisamente por eso, no nos juzgarán.

Hoy ha venido a conocerme físicamente, aunque sea con ese bozal que aparentemente nos iguala más a todos. Ha venido porque sabe que detrás de las pantallas quienes estamos, profesionales y pacientes, somos personas, y desea conocer la tridimensionalidad que aporta el directo. Saber si la cercanía, la calidez y la mano tendida que percibió en nuestros encuentros delante de la pantalla de un ordenador acompañan a la persona que tiene delante en ese momento. Quiere poner realidad a una imagen virtual, o mejor dicho, a alguien que la ha escuchado y que le ofrece acompañarla en el camino de su uso de medicamentos, una senda a priori larga para ella y para los millones de personas de su misma condición: aislados en su obligada soledad y polimedicados.

Es precisamente el aspecto humanístico del que muchas veces, como profesionales, adolecemos. Trabajamos con personas, no con enfermedades, y el vínculo humano que establecemos con ellas es el que nos puede hacer lograr una relación terapéutica en la que prime la confianza y que constate que los objetivos de ella y los míos son compartidos, que en la medida en la que yo la pueda ayudar también estaré ayudándome a mí misma, como persona y como profesional, y me permitirá ayudar a otras personas y a mí también.

Porque todos, antes que profesionales, somos seres humanos. Y es este punto el que marca una diferencia fundamental en el trabajo del equipo que forma Farmakoteralia: trabajar juntos para hacer más seguros sus medicamentos, trabajar juntos para ser mejores.

HOUSTON

Hay días, como hoy, en que realmente nuestra alma de profesionales de la salud sonríe: resuelves el problema a una persona, tienes buena conjunción con el resto del equipo que la atiende…

Sin embargo, al final de la jornada laboral, esa primitiva sensación de satisfacción sufre un revés: casi las 2/3 partes de las personas a las que hemos atendido toman fármacos antidepresivos y/o ansiolítico/sedantes. Y en más de la mitad de los casos, por periodos superiores a los 2 años… Es por eso por lo que recordamos aquella famosa frase del astronauta Jack Swigert durante lal accidentada misión del Apolo 13:

Houston: ¡Tenemos un problema!

Conocido es el escándalo de los opioides en EEUU, y aquí, que posiblemente vayamos por el mismo camino con estas drogas, estamos viendo la paja en el ojo ajeno.

En nuestro país tenemos, una sobreprescripción, mucho más antigua, y muy anterior a la pandemia COVID. Hace más de 20 años que los grupos farmacológicos antes nombrados, antidepresivos y ansiolítico/sedantes, han escalado progresivamente puestos en el ranking de los más prescritos/dispensados, hecho auspiciado, para mayor gravedad, por las guías de práctica clínica en las que ya hace años, entre otras, se han introducido con impune naturalidad los llamados “antipsicóticos atípicos”…

Tenemos un problema

Desde el bautizo del Prozac como la “píldora de la felicidad”, se ha sobredimensionado el poder de estos medicamentos y su alcance en problemas que mayoritariamente no soluciona, pero sí tapa, y, generan otros relacionados exclusivamente con su uso.

Muchos de las situaciones para las que se prescriben (duelo, soledad, desamor…) requieren ser afrontadas, asumidas e invertir para ello un tiempo, un esfuerzo y recursos de otro tipo, fundamentalmente psicológicos y sociales. Pero nuestra sociedad no estimula el esfuerzo, en ella prima la comodidad, y la inmediatez, y, tomar la pastillita ¡¡¡ es tan fácil…!!!

Nuestros gobernantes, deudores con la todopoderosa industria farmacéutica, no lo ven o no quieren verlo, al fin y al cabo, el medicamento es, particularmente en España, el recurso más barato y el propiciar su uso, la gran excusa para no realizar inversiones en lo social y, por qué no decirlo, en lo “humanístico”

Tenemos un problema

La situación COVID no ha hecho más que sacar a la luz varios problemas preexistentes y este es uno de ellos.

Por eso, la noticia de Europa Press titulada “Incremento en el uso de medicamentos para el sistema nervioso se duplicó durante la pandemia” no es inesperada, porque el campo ya estaba abonado, y, aunque nadie duda de que esta anómala situación pandémica ha trastocado todo, este problema sólo se ha reagudizado.

También ahora se habla de la soledad, algo que también estaba ahí. Paradójicamente, en esta “Era de las telecomunicaciones”, se ha perdido el tú a tú, no se conoce a los vecinos, no se habla con el compañero de viaje del tren o del autobús, con aquel que compartimos media hora de espera a la puerta de una cita médica, ni siquiera a veces, con la persona con la que salimos supuestamente a socializar a un bar…

Se han destapado también nuestros miedos más primitivos, el de perder la vida. Aunque parece algo nuevo, aprender a convivir con una amenaza, es la vida misma… porque ¿quién tiene la certeza de acabar el día que empieza? La diferencia es que hasta ahora esto no se hacía tan “evidente”. Y el no saber afrontarlo se traduce en una ansiedad, en un “No Vivir”, fácilmente medicalizable.

Porque esta ansiedad es uno de los síntomas generados por los problemas que la COVID ha desenmascarado y los fármacos se limitan a paliarlos, pero la causa subyace, y el problema en sí mismo no es una enfermedad, y, como tal, no se trata, ni se soluciona, con medicamentos.

Tenemos un problema

La pandemia COVID es una situación desconocida, inesperada, y para la que no disponemos de recursos ni “evidencias científicas” pero ¿resuelven los medicamentos los problemas reales que la pandemia ha destapado? ¿es la sociedad la que está enferma de base? ¿no se puede aupar al ser humano para que desarrolle sus propias estrategias y se arme para cambiar lo que haga falta?

La pandemia medicamentosa, tanto o más grave, porque no se valora, se banaliza, o se ve tan ajeno a nuestra sociedad como veíamos, hace poco más de un año, el mercado de animales vivos de Wuhan y el virus que nos ha invadido.

Esperaremos pues a que sea más grave, nos echaremos las manos a la cabeza y buscaremos excusas para tapar conciencias, porque saber que hemos contribuido a su agravamiento, no va a solucionarlo, y hoy por hoy, apenas se oye alguna queja de esta medicalización por parte de los que la detectan o la sufren.

Hoy, el reconocer esta desmesurada proporción de prescripciones de estos fármacos en un día cualquiera, en un barrio medio de una ciudad de tantas del mal llamado mundo desarrollado occidental, impresiona, y nos debe llevar a reflexionar y a reconocer que tenemos un problema.

¿Lo solucionamos?

En Farmakoteralia, nuestro equipo multidisciplinar de farmacoterapéutas, antropólogos y psicólogos tiene como finalidad acompañar a cada persona a lo largo del proceso de uso de sus tratamientos farmacológicos, para ayudarles a tomar decisiones, asesorarles sobre sus dudas y proporcionar apoyo en aquellos otros aspectos que puedan ser positivos para mejorar su salud. ¿Te animas a contar con nosotros?

Conócenos en:

www.farmakoteralia.care

CONFIAR O NO CONFIAR

Muchos profesionales de la salud basan sus expectativas de excelencia para su actividad asistencial en conocimientos científicos actualizados. Es evidente que estos son la base, que constituyen el mínimo de lo que se debe exigir. Sin embargo, pocos caen en la cuenta de que hay otro tipo de conocimiento tan valioso como difícil de encontrar en los libros a los que suelen acudir a formarse y que, por mucho que leyeran, no se aprende si no es atendiendo pacientes y, sobre todo, mirándolos de una forma que, por desgracia, es bastante poco usual de encontrar, lo que conduce a una pérdida real de calidad en la atención.

Mirar con desconfianza a los pacientes, prejuzgándolos como incumplidores, irresponsables o poco formados, es desgraciadamente más la norma que la excepción en el imaginario de los profesionales de la salud. Juzgar sus actuaciones en lugar de entender la percepción personal de sus problemas suele ser bastante común, de ahí que el encuentro entre profesionales y pacientes suela estar contaminado a priori por actitudes defensivas, rigidez en la relación y desconfianza contra las que hay que luchar. Frente a esto, aquí está nuestra propuesta:

Consideramos que la relación terapéutica es un encuentro entre dos personas con conocimientos y experiencias complementarias y que buscan un objetivo común, la resolución de los problemas de los que se queja el paciente y la adquisición de nuevos conocimientos y experiencias por parte del profesional, que además se lleva de propina el propio aprendizaje personal para cuando algún día le toque ser paciente.

 En esta relación terapéutica no caben poses de novela negra, donde uno actúa de detective y el otro de presunto sospechoso del crimen. Tratar de entender las actitudes y temores de los pacientes es el único punto de partida razonable para resolver sus problemas y para un aprendizaje real por parte del profesional. Solo desde ahí la aplicación del conocimiento científico podrá ser efectiva. Y solo desde ahí, trabajando juntos en equipo, sin sospechas ni desconfianzas, podrá llegarse mucho más lejos de lo que pueda imaginarse. Incluso hasta poder romper por inválidos muchos artículos científicos de los que presumen saberse muchos profesionales.

Querido colega, confía en los pacientes, permíteles confiar. Por ellos y, sobre todo, por usted.

LA MEDICALIZACIÓN DEL SÍNDROME DE LA CABAÑA

El Síndrome de la Cabaña se ha convertido  en un invitado no deseado, otro más, que ha llegado acompañando a la pandemia de la COVID-19. Básicamente, se puede describir como un conjunto de síntomas que se viven con desagrado al recuperar la capacidad de movimiento después de un largo encierro o una situación de aislamiento. El miedo y la inseguridad suponen la base que justifica los distintos síntomas que se pueden observar.

No es algo nuevo,  recoge las consecuencias que se dan en situaciones en las que se rompe la soledad que estaba asociada a un espacio que se ha convertido en un refugio. Hay referencias a cazadores, buscadores de oro, fareros, … y en época más reciente se ha podido estudiar en enfermos con largos periodos de hospitalización o presidiarios.

En este momento, la situación a la que nos hemos visto forzados ha supuesto un confinamiento en el que se ha asentado de forma poderosa la idea del hogar como espacio de seguridad. Ya que desplazamientos y contacto con otras personas suponen un riesgo que añade validez  a esta creencia.

Entre las manifestaciones concretas que se están dando son alteraciones en el sueño y la alimentación, uso inadecuado de fármacos, alcohol o tabaco, anhedonia y apatía, sobreactuación en conductas de higiene y limpieza, rechazo a las relaciones sociales y la evitación de responsabilidades personales que implican abandonar “la cabaña”.

Es al llegar a este punto donde hay que ubicar la sintomatología descrita, se trata de reacciones normales ante una situación anormal, no nos encontramos ante un problema de salud mental, tampoco ante un trastorno en el que la ansiedad juegue un papel desadaptativo. Lo que se observa es un proceso de adaptación en el que cada síntoma ofrece un camino a recorrer para recuperar la normalidad.

Por lo tanto, cuando se considere el Síndrome de la Cabaña como tal, se ha de pensar en intervenciones alternativas a su medicalización. En primer lugar aceptando y normalizando la experiencia que se vive acogiendo su significado. Y a partir de ahí ,tratando de introducir medidas en las que las dificultades se contemplen como un problema a resolver, planificando el (re)establecimiento  de hábitos salutógenos, recuperando el nivel de actividad adecuado de forma progresiva, fortaleciendo conductas de seguridad compatibles con la salida al exterior y buscando espacios para el disfrute que aporten satisfacción al proceso de transición.

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